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martes, 25 de febrero de 2014

La bruja Roja

NinaRi recortaba pececillos de papel en su habitación cuando entre el celofán y los folios de colores encontró papel de plata, pensó que el plateado daría un toque vivo a los pececitos para su fiesta de cumpleaños, que coincidía con la fiesta de “el pescado de abril”. A NinaRi le encantaba decorar sus cumpleaños con pececitos de colores, así el festejo era más divertido y todos se hacían bromas.

Cogió las tijeras e intentó cortar el papel de plata. Se le daba bien cortar, no era como los otros niños de su clase, que dejaban los bordes comidos y desiguales pero aquel papel no cedía a la cuchilla de las tijeras. Le dio la vuelta: Una niña de alma apasionada liberará una tierra mermada. Las palabras brillaban muy juntas en el papel, con una caligrafía alargada que se retorcía en los extremos. “¡Será una broma!” pensó ella.

Escuchó un silbido dentro de su cabeza, que la llamaba entre soplidos “ven niña, niña del ArcoIris, ven y vuela conmigo, vuela“. Detrás, el espejito de su cómoda comenzó a brillar. Se acercó con la curiosidad imprudente y osada de los niños. Si aquello era una broma, era la mejor broma que había visto jamás.

Cogió el espejito pero no vio su reflejo, sólo vio un arcoiris que se marchitaba. De pronto todo fue oscuridad, escuchó un sonido tan fuerte que se acurrucó y cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos pudo ver de nuevo como el arcoiris permanecía en el cielo mientras sus colores se derramaban como se derrama el agua de un vaso.

Enfrente una lechuza la miraba con ojos enormes y amarillos: “Por fin has venido, niña de los mil colores. Te llamas NinaRi ¿verdad? Ahora lo sé, lo sé porque estás aquí.”

“Y ¿dónde estoy?” se preguntó NinaRi, pero no se atrevió a decirlo, persona o animal, aquella lechuza era un desconocido. “Estás en Inversa, pequeña NinaRi, te he traído para que me ayudes.”

El ave hablaba, aunque no pronunciaba ningún sonido pero ella lo escuchaba en su cabeza. Pluma le explicó que Inversa era un mundo mágico, donde los colores tenían gran importancia, más incluso que respirar o comer. Pero uno de los colores quería resaltar sobre los demás, el rojo, o mejor dicho La Roja. Roja quería que toda Inversa fuese de su color y para ello empezó a esconder los colores debajo del cielo.

Pluma le indicó que sólo una criatura como ella, de todos los colores, podía sacar los demás colores y repartirlos.“Pero están debajo del cielo, no sé cómo llegar allí, ni siquiera puedo llegar a alcanzarlo”. “Piensa en números NinaRi, si juegas con los números, los colores también querrán venir a jugar” contestó el ave.

En su colegio pintaba números en el suelo y jugaba a la rayuela con sus amigas pero necesitaba tizas de colores. De repente una suave brisa rozó su hombro, y flotando apareció una caja de tizas blancas. El viento de la necesidad siempre llevaba las cosas a donde eran necesarias. Así que pintó una gran rayuela en el suelo y NinaRi comenzó a jugar mientras Pluma silbaba una cancioncilla “tengo unas tijeritas que se abren y se cierran. Yo toco cielo, yo toco tierra…”.

Poco a poco, la tiza blanca del suelo comenzó a cambiar de color, después del blanco vino el azul, después el amarillo, el naranja y el violeta, y finalmente el verde. La rayuela entera era de todos los colores del arcoiris y en las zonas donde se unían aparecieron colores nuevos.

Ya tenía los colores con ella pero ¿cómo repartirlos? Todo en aquel mundo le pareció muy divertido, así que se le ocurrió que lo mejor sería seguir jugando. Llevaba un vestido blanco con un cinturoncito rojo, a juego con la boina que esa mañana le había regalado su madre. Su madre… “¿se enfadará mamá si…? ¡No! No porque no lo mancharé ¡son colores!”. NinaRi tenía una idea, una fantástica idea: se llevaría los colores en su vestido. Al arcoiris sólo le faltaba un color, el rojo, y en su vestido faltaban todos los demás.

Enseguida su vestido se volvió multicolor y Pluma alzó el vuelo: “sígueme amiga roja, amiga de mil colores”. NinaRi comenzó a correr y cuando estuvo cansada apareció a su lado un caballo color berenjena, y la tomó en su lomo y cabalgó tan rápido que el tiempo se detuvo. Pero mientras corría, los colores se fueron esparciendo y poco a poco desaparecieron de su vestido hasta que fue blanco de nuevo. A su alrededor todo había recobrado sus colores: el cielo era celeste, el césped verde, el sol amarillo y naranja, las nubes blancas, rosadas, el gamo pardo, las flores de cientos de colores y lo que no había pérdido sus colores ahora brillaba con más fuerza.

“Ven niña, ven rápido” Pluma la esperaba bajo un manzano y le explicó que para acabar con la bruja roja tendría que masticar algo rojo, una manzana por ejemplo. Apareció a su lado el Lago Espejo, el que todo lo muestra pero no vio su reflejo. En su lugar había una muchacha, mayor que ella, con un vestido rojo y una boina roja, y una manzana en su mano. NinaRi la observó “es la Bruja Roja ¡muerde la manzana, date prisa!” ululó Pluma en su mente. NinaRi la mordió y el reflejo hizo lo mismo. Tragó y la acidez le raspó la garganta pero siguió mordiendo hasta que el reflejo desapareció del todo.

Había vencido, había devuelto los colores a Inversa y había acabado con la Bruja Roja. Después Clandestino le mostró su extraño país y conoció al Rey Blanco. Conoció a muchas fantásticas criaturas y antes de que terminara el día, NinaRi se cansó y durmió.

“Despierta mi pequeña NinaRi ¡hoy es tu cumpleaños!” mamá le traía el desayuno a la cama, como en todos sus cumpleaños: zumo natural, croissant, baghette con mermelada… y una boina roja envuelta en papel de regalo.


* esta historia es una precuela de "El Secreto"

jueves, 2 de mayo de 2013

El Dragoncito

Había una vez una dragona que vivía en un valle muy bonito, situado entre dos montañas coronadas de nieve. En el valle había un campo de flores de muchos colores y todos los animales que allí vivían eran muy felices, excepto la dragona. Y es que esta dragona quería un dragoncito, y todas las noches esperaba que una cigüeña le trajera de París un bebé dragón. Pero siempre amanecía sin que apareciera la cigüeña.
Mamá dragona estaba muy triste porque ella quería tener su dragoncito y cuidar de él, y llevarlo a jugar al campo con las ardillas y los pequeños cervatillos. Un día, Mamá dragona se desesperó y se propuso ir a París para preguntarle a la cigüeña porqué no le llevaba a su dragoncito. Así que Mamá dragona salió del valle y dejó atrás las montañas.
 Caminando se encontró con dos enormes dragones que peleaban y Mamá dragona, asustada, les preguntó por qué lo hacían. El dragón rojo, enfurecido, le dijo: “Es este dragón negro, que no quiere darme ese hueso”.
Y el dragón negro replicó enseguida: “¡Eso es mentira! La culpa la tiene el dragón rojo, que no quiere dejarme su cueva”.
Mamá dragona meditó largamente, hasta que le dijo al dragón negro: “Ese hueso es tan grande como una ballena, suficiente para alimentar a los dos durante un año ¿por qué no lo compartís?”
El dragón negro contestó: “No me parece correcto. Yo encontré ese hueso solo. No quiero compartirlo”.
Mamá dragona dijo: “Entiendo lo que dices. Buscaré otra solución”. Y Mamá dragona volvió a meditar cómo podía ayudar a dragón negro y a dragón rojo.
Y dirigiéndose al dragón rojo, le dijo: “Señor dragón ¿podría enseñarme su cueva? Sólo quiero verla, se lo prometo”.
El dragón rojo asintió, y los tres fueron a ver su cueva. La cueva era tan grande como una montaña entera y Mamá dragona quedó sorprendida. Les dijo: “Pero esta cueva es muy grande, lo suficiente para que duerman los dos ¿Por qué no la compartís?”.
El dragón rojo replicó: “No me parece correcto. Yo solo encontré esta cueva. Lo recuerdo perfectamente, era una noche de tormenta y llovía a cántaros”.
Mamá dragona volvió a decir: “Entiendo lo que dices. Buscaré otra solución”.
Entonces Mamá dragona meditó una vez más, esta vez más tiempo que las anteriores. Después de mucho meditar, Mamá dragona dijo: “¡Ahora ya encontré la solución perfecta! Los dos tienen algo que el otro quiere, y creo que si tú, dragón negro, puedes compartir tu hueso con él, el dragón rojo puede compartir la cueva contigo, y los dos seréis felices”. Y los dos dragones quedaron muy complacidos.
“¿Cómo podemos ayudarte, Señora dragona? Tú nos has ayudado a nosotros, y nos parece justo que ahora te ayudemos a ti”. Dijeron los dos dragones, que ahora eran muy felices. Mamá dragona se puso triste y les contó que ella había estado esperando mucho tiempo a que una cigüeña le trajera de París un dragoncito a quien cuidar y dar amor.
En ese momento, se oyó una pequeña vocecita que venía de detrás de unos arbustos, que decía: “No desesperes más, Señora dragona, yo soy la cigüeña que buscas. No podía llegar a tu valle porque estos dos dragones estaban peleando, y a mi me daba mucho miedo. Pero he visto lo que has hecho, y no se me ocurre una mamá mejor para este dragoncito que traigo”. Y escondido en una manta había un pequeño dragón que dormía. Era muy bonito, con escamas violetas que brillaban con los reflejos del sol.
Mamá dragona estaba muy feliz, y después de mostrarle todo su agradecimiento a la cigüeña, volvió feliz a su valle con su dragoncito, que la seguía feliz porque él también llevaba mucho tiempo esperando una mamá que lo amara.
Y junto con ellos fueron también dragón rojo y dragón negro, que ahora eran muy amigos, y todos cuidaron y jugaron con el dragoncito en aquel bonito valle, escondido entre dos montañas.